Libro: La imaginación sociológica (C.Wright Mills): La sociedad de los “robots” felices


el autor del libro C.Wright Mills

Esta semana  he podido leer un libro bastante interesante ( lo recomiendo, especialmente si os interesa el tema), se trata del libro “la imaginación sociológica” del sociólogo estadounidense Charles Wright Mills. El libro data del 1959, pero es sorprendente cómo algunas de las reflexiones del autor se pueden aplicar a la realidad de hoy (tambien es cierto que hay cosas que han cambiado respecto a 1959). Mills nos propone una nueva manera de mirar la realidad, la llamada “imaginación sociológica”, solo a través de esta perspectiva que nos invita a razonar a nivel estructural, más allá de cómo lo hacemos normalmente en nuestra vida cotidiana, podemos captar realmente la naturaleza de los problemas sociales de las sociedades actuales. Soy consciente de que el texto que a continuación dejo es un poco largo, pero creo que vale la pena, es bastante revelador en algunos aspectos. (nota:el texto se compone en su mayoría de fragmentos  del libro a los que me he permitido el lujo de hacer alguna modificación para darles cabida en un formato de un blog del año 2010)

Hoy en día a menudo tenemos la sensación de que nuestra vida está llena de trampas. Parece que uno mismo no es capaz de vencer los obstáculos de su mundo cotidiano; y esta impresión en general no es falsa. La persona normal y corriente solo es directamente consciente de aquello que queda delimitado dentro de la esfera de su vida privada, i solo dentro de estos límites intenta actuar. Ni su campo de visión ni sus poderes no abastan más allá del primer plano que representan; su trabajo; su familia; sus amigos y su barrio; fuera de estos ambientes es como si no fuéramos exactamente nosotros mismos: no pasamos de ser meros espectadores. Y ni que sea de forma muy imprecisa,  cuando más consciente somos de las ambiciones  y de las amenazas que ultrapasan nuestro entorno inmediato más atrapados nos sentimos.

La configuración actual de la historia ultrapasa hoy la capacidad humana de orientar-se con los valores que las personas en principio creen “apreciar”, ¿Que valores, por otra banda? Cuando no perdemos la calma, a menudo tenemos la sensación de que las antiguas maneras de pensar están en crisis, y que las nuevas que aparecen son de una ambigüedad susceptible de convertirse en una parálisis moral. ¿Porque nos tendría que extrañar, entonces, que las personas  se sientan incapaces de afrontar la voluble configuración que ha adoptado la vida humana en la actualidad?, ¿Que no acaben de comprender la significación de su época para su propia existencia? ¿Que en defensa de su “yo”, se vuelvan insensibles, y procuren pues, refugiarse de pleno en la su vida privada? ¿Por qué nos tendría que extrañar que estas personas se sientan atrapadas en una especie de trampa social? Lo que esta persona necesita, lo que podria utilizar, es una calidad de espíritu que le permita utilizar la información y la razón para conseguir una comprensión lucida de lo que sucede en el mundo y de lo que le puede suceder a el/ella mismo/a. Mills llama a esta capacidad  “la imaginación sociológica”. Esta imaginación hace que la persona entienda (más o menos) “el gran teatro del mundo” en términos de aquello que él/ella representa, tanto para la vida privada como para la vida pública de un pluralidad de individuos. La hace capaz de darse cuenta que a menudo los individuos, en el remolino de su experiencia cotidiana, tienen una conciencia falsa de sus posiciones sociales. Se trata pues, de buscar la estructura de la sociedad moderna; y de buscar dentro de esta la manifestación de la psicología de los individuos. Solo de esta manera el malestar personal queda fijado en unos problemas explícitos, solo así la indiferencia colectiva se transforma en compromiso político.

La nuestra es sobre todo  una época de malestar e indiferencia, pero sin que ni la una ni la otra estén formuladas de tal manera que la razón y la sensibilidad puedan objetar algo. En vez de unos problemas personales definidos en términos de valores y amenazas nos encontramos frecuentemente con el “lio” de un malestar poco preciso. En lugar de unos problemas colectivos explícitos, a menudo nos encontramos solo con la impresión de que todo va a peor. Con esto no especificamos cuales son estos valores que están amenazados ni en qué consiste exactamente este amenaza. Y sin estas puntualizaciones previas es poco probable que ni si quiera nos demos cuenta de los verdaderos problemas que nos rodean (ni mucho menos de las posibles acciones que podemos efectuar para tratar de arreglarlos). La imaginación sociológica es una nueva manera de ver las cosas, es un perspectiva que pretender abarcar todo el conjunto de la estructura social en la que nos hemos vistos inmersos des de el momento de nuestra adhesión a la sociedad.  Es la herramienta que tenemos que utilizar si queremos comprender nuestra realidad personal más profunda dentro de un marco de unas realidades sociales más globales,  es por ello que también es el fundamento de la esperanza que la sensibilidad y la razón lleguen a jugar un papel preponderante en los asuntos humanos.

Nuestra desorientación actual en el mundo es causada (en parte) por la caída de las ideologías. El liberalismo y el socialismo hacen aguas por todos lados y han perdido su credibilidad como explicaciones del mundo y de nosotros mismos. Estas son dos ideologías surgidas de la ilustración y comparten algunos pre-supuestos  de los cuales parten los valores básicos que defienden. Las dos postulan que la racionalidad es la condición previa para la libertad, de tal manera que establecen la ecuación de que a más racionalidad, más libertad. La razón como generadora de un progreso liberalizador, la fe en la ciencia excelsa e inmaculada, el ideal de la educación popular y la creencia en su importancia para la profundización en la democracia; todos estos son ideales basados en la ilustración y todos ellos están basados en el optimista e ingenuo supuesto previo de la relación indisoluble entre la razón y la libertad.

La contemplación de los sucesos mundiales (y locales), explica a bastamente (me parece) como es que las ideas de libertad y razón parecen hoy sumamente ambiguas, tanto en las sociedades capitalistas como en las pocas “comunistas” que quedan en nuestros días, el socialismo se ha convertido en una pálida retorica de defensa  y de acoso burocrático, y el liberalismo actualmente no es más que un pretexto banal y estúpido que se utiliza para enmascarar la realidad social. En efecto ni que sea de una manera bastante sutil, los valores de la razón y la libertad están en peligro.

Mientras las grandes organizaciones racionales que llamamos “burocracias” han crecido y se han multiplicado, no ha aumentado en cambio la razón autónoma del individuo en general. Atrapado dentro del ámbito de su vida cuotidiana, la persona normal y corriente se siente incapaz de razonar sobre las grandes estructuras (racionales e irracionales) a las cual pertenece el entorno en el que se mueve. Por este motivo realiza a menudo una serie de acciones aparentemente racionales, sin tener una idea clara de los objetivos a los cuales en definitiva tienden: esto solo lo saben los de arriba de todo, aunque a veces no siempre. La proliferación de estas organizaciones burocráticas, en un contexto de creciente división del trabajo, segrega cada vez más unas esferas de la vida, del ocio, del trabajo, en las cuales el razonamiento resulta muy difícil, si no imposible.

Tampoco la ciencia es la puerta de acceso a un “paraíso tecnológico” fundamentado en la razón. El hecho de que sus técnicas y su racionalidad ocupen un lugar central en una determinada sociedad no quiere decir que sus integrantes hayan de vivir razonablemente, sin mitos ni engaños ni supersticiones. La universalización de la educación puede conducir tanto a una inteligencia bien formada e independiente como a la idiotez tecnológica y al patriotismo más rancio. Un nivel elevado de racionalidad burocrática y tecnológica no equivale necesariamente a un nivel de elevado de inteligencia individual o social. No hay relación causa efecto entre el uno y el otro, ya que la racionalidad social, tecnológica o burocrática no es nunca un simple resultado de la voluntad y de la capacidad individual de razonar. Todo lo contrario, parece que más bien hace decrecer las probabilidades de conseguir esta voluntad y capacidad.

Por otro lado, una organización social muy racional no es siempre el mejor camino hacia una mayor libertad del individuo o de la sociedad, sino que a menudo es el camino que lleva a la tiranía y a la manipulación, a la eliminación de la posibilidad de razonar y de la capacidad de actuar con libertad. Solo desde unas particulares posiciones de poder o de privilegio dentro de esta estructura racionalizada  uno se puede dar cuenta de las fuerzas estructurales que actúan sobre el conjunto y que afectan a cada uno de los pequeños sectores de los que tiene conciencia la persona normal y corriente. Pero estas fuerzas tienen un origen exógeno y no son controlables desde adentro. Además estos pequeños sectores cada vez de racionalizan más, la familia como la industria, tanto el ocio como el trabajo tanto el barrio como el Estado mismo, todo tiende a integrarse en una totalidad funcionalmente racional…o si no queda sometido a unas fuerzas incontrolables e irracionales.

Aquí está la contradicción, la cada vez más racionalizada sociedad no ha significado para sus integrantes cuotas de libertad más alta, al menos no como  los clásicos de la ilustración la entendían a esta. La soñada coincidencia entre la razón y la libertad, ha sido hasta ahora eso, nada más que un sueño. La emergencia de un tipo de persona más racional que razonable, con racionalidad pero sin razón, la racionalidad del cual aumenta paralelamente con su malestar y con una sensación de vacío cada vez más grande no se parece en nada al ideal de “hombre libre”. Es a partir de aquí que nos tenemos que plantear el problema de la libertad. Pero la verdad es que no es muy frecuente la formulación de esta problemática ni a nivel individual ni a nivel colectivo, es quizás esto, la falta de formulación, la falta de reconocimiento del problema lo que constituye el rasgo más característico del actual problema de la razón y la libertad.

Ante estas consecuencias del “imperio de la racionalidad” el individuo “hace lo que buenamente puede”. Integra sus aspiraciones y su trabajo a la situación en la cual se encuentra y de la cual tampoco ve manera de salir. Y, con el tiempo, ya ni busca, esa hipotética salida: se adapta. El tiempo que le queda libre lo dedica a  jugar, a consumir, a “pasarlo bien”. Pero también esta esfera del consumo se está racionalizando. Alienado de la producción, del trabajo, el individuo acaba igualmente alienado del consumo del ocio “auténtico”. Esta adaptación le hace perder la posibilidad y a la larga la capacidad y la voluntad de razonar; y afecta al mismo tiempo sus posibilidades y su capacidad de actuar como una persona libre. Parece pues, que como fruto de su alienación este tipo de persona realmente desconoce los valores de la razón i de la libertad.

Y es que la organización racional es en este sentido alienante: los principios que orientan la conducta y la reflexión, y a la larga los sentimientos, ya no residen en la conciencia individual de la persona libre y con una razón autónoma. No, son principios ajenos y contrarios a todo eso a lo que a lo largo de la historia se había llamado “individualidad”. De tal manera que sin que parezca una exageración se puede afirmar que en último termino, el incremento de la racionalidad y su localización y control fuera del individuo, en el sí de la gran organización burocrática, suponen la destrucción de la razón. Por eso decimos que puede haber racionalidad sin razón, y esta racionalidad no coincide con la libertad sino que la suprime. Esta paradójica situación nos puede hacer plantear una pregunta absolutamente fundamental: ¿No nos estaremos  encaminándonos entonces hacia la aparición y el predominio  del “robot feliz”?

Este tipo de humano alienado, que casi se ha convertido en una maquina adepta (consciente o inconscientemente) a la racionalidad exógena, es la antítesis del prototipo de” hombre libre” de las sociedades occidentales. Y la sociedad en la que este hombre, este robot feliz triunfa, es la antítesis de una sociedad libre o literalmente la antítesis de una sociedad democrática.

La libertad no es simplemente la posibilidad de hacer lo que te dé la gana, tampoco no es únicamente la posibilidad de escoger entre unas alternativas determinadas. Antes que nada, la libertad es la posibilidad de poder formular cuales son las opciones a escoger, y de poderlas discutir y criticar para, después, tener la posibilidad de escoger. Por eso no puede existir libertad sin el uso y el ejercicio de la razón. Tanto en la biografía individual como en la historia de una sociedad, la misión social de la razón consiste en formular opciones y agrandar  el alcance de las decisiones humanas en la configuración de la historia.

A partir de aquí el problema de la libertad es el problema de saber cómo se han de tomar las decisiones sobre el futuro de los asuntos humanos, y de saber quien las ha de tomar. Pero los aspectos más globales del problema actual de la libertad no se refieren únicamente a la naturaleza de la historia y a la posibilidad estructural de que unas decisiones puedan cambiar su curso, sino que también se refieren a la naturaleza del hombre, partiendo del hecho de que el valor de la libertad no se puede fundamentar en una hipotética “naturaleza básica” del hombre. En última instancia, pues, el problema profundo de la libertad es el problema del robot feliz, y si hoy se plantea en estos términos, es porque hoy está bien demostrado que no todos los hombres quieren ser libres. No todos los hombres están dispuestos (o no son capaces) a hacer el esfuerzo necesario por tal de adquirir la razón que la libertad exige.

La imaginación sociológica, de la que al principio hablaba, puede ser la herramienta que nos permita desenmascarar esta situación en nuestra vida cotidiana, pero una vez digerida cabe preguntarse si tenemos la posibilidad de influir en ella, de cambiar algo. Las sociedades occidentales a menudo  se enorgullecen de tener un sistema político (democrático) que en principio permitiría esto.

El concepto de democracia es una idea compleja que se presta a discusión y a desacuerdos legítimos, pero no exageremos no es ni tan compleja ni tan ambigua como para que no podamos continuar hablando de ella. Yo considero que la democracia implica que toda persona afectada por una decisión humana tenga la posibilidad real de intervenir en dicha decisión y decir lo que le parezca. Esto implica a la vez, que todo poder que tome decisiones de “estas” ha de estar públicamente legitimado. Y en tercer lugar, que quien tome las decisiones es públicamente responsable y como tal tiene que responder ante ellas.

Pues bien, ninguna de estas condiciones  no se pueden satisfacer si el tipo de sociedad está compuesta por los individuos-robots que antes hemos descrito. Para que esto fuera posible la sociedad tendría que componerse en su mayoría por mujeres y hombres que puedan pensar por sí mismos, por personas que sean capaces de “educarse a sí mismos”, en definitiva de personas libres y racionales.

Dado que es una situación estructural y compleja, la pregunta  que podríamos articular sería algo así como: ¿Por dónde se podría comenzar?  En primer lugar nos harían falta unos partidos políticos y unos movimientos sociales en los cuales hubiesen de una banda, un verdadero debate de ideas y de alternativas y de la otra, una posibilidad real de intervención en las decisiones de alcance estructural. Si estas organizaciones existiesen podríamos tener la esperanza fundamentada respecto al papel de la razón en los asuntos humanos. De hecho me parece que una situación así es uno de los requisitos imprescindibles de toda sociedad plenamente democrática.

Pero a estos partidos y a estos movimientos sociales no se los ve por ningún lado: vivimos en una sociedad formalmente democrática, una sociedad básicamente democrática en sus formas jurídicas y en sus declaraciones formales de intención. Todo y así, no  nos engañemos: esto ya representa mucho (si lo comparamos con otras sociedades), pero no es razón suficiente para frenar la voluntad de aquellos que piensan que los valores de razón y libertad han de ser algo real y no un simple mito que se utiliza como vehículo legitimador del poder.

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